Pasión. Es la mejor palabra que describe el sentimiento del mexicano cuando se habla de futbol, política o religión. Es imposible tener un diálogo mesurado, sólo es cuestión de tiempo antes de que empiecen los tonos altos, los aspavientos, los gritos o el repentino fin de la plática terminada en discusión ante el retiro abrupto de alguno de los involucrados.

No sabemos discutir o somos increíblemente firmes para defender nuestros puntos de vista. No sé si es virtud o defecto, pero eso es lo de menos. Y tendremos que ser muy tolerantes porque en junio y julio se juntan acontecimientos que desbordarán la pasión de más de uno: Mundial de futbol, cierre de campañas políticas y elecciones.

¿Cree usted que esa mezcla será normal? Piense de nuevo. Basta preguntar a cualquier amante del futbol, quién es el mejor jugador del mundo. Las opciones obvias: Messi o Cristiano Ronaldo. Le garantizo que no pasarán más de dos minutos antes de que la efervescencia en la plática empiece a subir poco a poco de intensidad. Se expondrán virtudes y defectos de uno y otro, se recordarán partidos y finales, destacarán estadísticas, trofeos y copas, da igual, la discusión será interminable.

El himno del futbol club Barcelona tiene implícitas fuertes expresiones históricas, sociales y políticas, al señalar: “Todo el campo es un clamor […] no importa de dónde vengamos […] una bandera nos hermana […] todos unidos hacemos fuerza, son muchos años de sacrificio […] y se ha demostrado, nadie nos podrá doblegar”.

Por su parte, el himno Hala Madrid y nada más, afirma: “Historia que tu hiciste, historia por hacer, porque nadie resiste, tus ganas de vencer […] llevo tu camiseta pegada al corazón, los días que juegas son todo lo que soy […] soy lucha, soy belleza, el grito que aprendí: Madrid, Hala Madrid y nada más”.

En una discusión sobre Messi y Cristiano, referentes mundiales del Club de Futbol Barcelona y del Real Madrid, respectivamente, una airada plática terminó con una reflexión histórica de alguien que además era fanático del futbol nacional: “No se vale defender con tanta pasión a los equipos españoles, no olviden que nos tuvieron 300 años esclavos”.

 

Más pasión

Ahora la discusión se torna histórica y los sentimientos de dolor, rencor, reproche o despecho surgen en muchas personas. Y repentinamente ya se habla de si México es mejor que España, se discute por qué tardamos tanto en independizarnos, cuánto odio debemos tener por los años de ocupación española, si debemos combatir a los españoles que son exitosos en México, y demás reflexiones alusivas y poco constructivas.

Imposible no remitirnos a la letra del tema Maldición de Malinche, de Amparo Ochoa y Los Folkloristas: “Del mar los vieron llegar, mis hermanos emplumados, eran los hombres barbados, de la profecía esperada […] les abrimos las puertas por temor a lo ignorado […] en ese error entregamos la grandeza del pasado, y en ese error nos quedamos 300 años esclavos […] Maldición de Malinche, enfermedad del presente, cuándo dejarás mi tierra, cuando harás libre a mi gente”.

De las campañas políticas qué le puedo decir, no existe medio de comunicación, masivo o personal, red social o contexto informativo que no esté saturado de propuestas, descalificaciones, opiniones, afirmaciones, noticias falsas y todo el juego de manipulación informativa propio de los tiempos electorales, con jingles y canciones incluidas. Pero todos esos argumentos se vuelven banales, secundarios, triviales o superfluos cuando recordamos que el 7 de junio se cumplen 81 años de un acontecimiento que está en el olvido de muchos millennials: el día que llegaron al puerto de Veracruz casi 500 niños provenientes de España, huyendo de la cruel Guerra Civil de su país.

Esos niños que no tuvieron otra opción, era eso o la vida. Y emprendieron el infinito viaje en barco hacia el otro lado del Atlántico con la esperanza de encontrar una posibilidad de subsistencia. Si usted tiene hijos podrá imaginar la angustia de los padres de enviar en esas condiciones a sus pequeños, sin compañía, sin adultos, sin familiares, en barco, a un país muy lejano, sin certezas o garantías y con la comunicación limitada o nula.

De dicho acontecimiento se pueden obtener muchas reflexiones: la implícita súplica de ayuda de muchos padres que encontraron respuesta en México para darle una segunda oportunidad a su más valioso tesoro, sus pequeños hijos; mostrándose solidaridad por recibir a esos inocentes e indefensos niños, cuya suerte no sería fácil, pero sin duda era una mejor alternativa que continuar en medio del conflicto armado.

Los ahora tan estudiados derechos de los refugiados, sobre todo las acciones oficiales por defender el interés superior del menor, se configuraron en este episodio de la historia nacional que no debe de olvidarse, cuando dos naciones se hermanaron por una gran causa humanitaria, a pesar de su pasado, a pesar de sus dolores, a pesar de sus reproches, a pesar de sus diferencias.

Se pretendía que los niños estarían en México sólo mientras concluía el conflicto armado, y llegaron a suelo nacional con una maleta, con la ilusión de pronto regresar con sus padres. Fueron refugiados en la escuela México-España, ubicada en Morelia, Michoacán, de ahí el nombre atribuido al grupo, pero la derrota de la causa republicana obligó a estos pequeños a envejecer en nuestro país solos, huérfanos, sin sus progenitores y añorando volver a casa.

Como hemos puesto de manifiesto en numerosas ocasiones en esta columna, la música no ha sido ajena a estos episodios, y fue Oscar Chávez en su álbum Canciones de la Guerra Civil y Resistencia Española 1936/1939/1975, en donde se sumerge en este período histórico, narrando en la canción La Cigarrera: “Iba la Cigarrera, lleva un chiquillo, el chico le pregunta quién fue mi padre […] fue un miliciano […] que fue primero […] fue un artillero[…] y el chico le contesta, cuándo sea grande, seré artillero”.

Se podrán hacer muchas afirmaciones que no se han puntualizado, por ejemplo, que los niños eran Catalanes; que si luchaban republicanos contra imperialistas en España; que si esta situación tiene repercusiones históricas y justifica mucha de la pasión que se traslada a los campos de futbol, entre Madrid y Barcelona; si esa rivalidad histórica se materializa todos los días en los intentos independentistas recientes de Cataluña y la represión estatal consecuente. Olvídese de todo, esos niños cambiaron los bombardeos diarios por una certeza de vida en nuestro país.

La derrota republicana en la Guerra Civil Española y el inicio de la Segunda Guerra Mundial sellaron el destino de esos pequeños en tierras mexicanas. ¿Conocías la historia? ¿Tuviste la fortuna de conocer a alguno de los niños de Morelia? Comparte con nosotros esas historias en las redes sociales señaladas al final de la columna.

Pasión, esa que nos sobra, la que puede sacar lo mejor y lo peor de nosotros, es la que debemos controlar para rendirla a los actos de gran nobleza humana como el narrado. Que sea ese sentimiento de nobleza el que llene su mente querido lector, cuando empiece a sentir que su sangre hace ebullición hablando de religión, futbol, candidatos, campañas o partidos políticos.

Vienen un mundial, el cierre de campañas y las elecciones. ¿Podremos dominarnos ante estos acontecimientos tan profundos de la cultura nacional? Si siente que se desborda, piense en los niños de Morelia, ellos no tuvieron opción, usted sí las tiene, y varias afortunadamente.

 

Lic. Jesús Antonio Aquino Rubio.

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